Más que un simple número

¿Cuándo fue la última vez que viste a una persona… y no solo a un empleado? En el trabajo es fácil hablar de números, puestos, recursos y resultados hasta olvidar que detrás de cada cifra hay una historia, un nombre y una persona que necesita ser vista. La pregunta es: ¿estamos administrando personas… o realmente las estamos conociendo?

Hoy, en Maná del Lunes, presentamos: Más que un simple número, una reflexión escrita por Chris C. Simpson.

Entra a casi cualquier empresa y escucharás que las personas son descritas con un lenguaje matemático: número de empleados, equivalentes de tiempo completo, recursos, puestos por cubrir. Hablamos de las personas que necesitamos, del “banquillo” que estamos construyendo y de los espacios en el organigrama.

En medio de toda esa contabilidad, la persona puede desaparecer. Se convierte en una partida; en un número que aumenta cuando el negocio marcha bien y que se reduce cuando las cosas no van bien.

Esto sucede poco a poco. No decides dejar de ver a las personas. Te ocupas, las fechas límite se acumulan, y el hombre que repone el café o la mujer que se encarga de la nómina se convierten en parte del mobiliario. Pasas junto a ellos cientos de veces sin decir siquiera su nombre.

La Biblia presenta una perspectiva muy diferente. Al concluir su carta a los Romanos, en un pasaje del capítulo 16 que fácilmente podríamos pasar por alto, el apóstol Pablo hace algo llamativo: comienza a mencionar personas por su nombre. Febe. Priscila y Aquila. Epeneto. María.

Y continúa hasta saludar personalmente a unas 30 personas, haciendo además breves referencias sobre ellas. Esta trabajó mucho. Aquella arriesgó su vida por él. Estos dos ya eran seguidores de Cristo antes que él.

Treinta nombres. En una carta que sobreviviría al Imperio romano.

¿Por qué dedicar tanto espacio a una lista de nombres? Una posible respuesta está en una de las ideas centrales de la Biblia: las personas tienen un valor que no depende de su posición, productividad o utilidad. Para Dios, nadie es anónimo. Jesús incluso enseñó que Dios conoce detalles tan personales como el número de cabellos de nuestra cabeza.

Más allá de nuestras creencias religiosas, hay algo poderoso en esa idea: ser conocido importa. Todos queremos sentir que alguien nos ve, nos reconoce y considera que nuestra vida tiene valor.

Pude ver de cerca el poder de esto. En nuestra Convención de África, en Zimbabue, en 2024, un miembro del CBMC de Sudáfrica y yo recorrimos un salón lleno de jóvenes profesionales, llamando a varios por su nombre y compartiendo con ellos palabras de ánimo basadas en la Biblia.

Uno tras otro, sus ojos se llenaron de lágrimas. No lloraban porque hubieran recibido una reprimenda. Lloraban porque alguien los había visto y había pronunciado su nombre en voz alta. Hay un verdadero poder en hacerle saber a una persona que es conocida.

La persona que está dos cubículos más allá no está simplemente ocupando un puesto. Es un hombre con un nombre, una historia, una familia, experiencias y aspiraciones.

La mujer de recepción no dejó de tener valor el día que comenzó a trabajar para tu empresa. Sigue siendo hija de alguien. Tiene preocupaciones, sueños y necesidades. Sigue siendo una persona que merece ser tratada con dignidad, aun en un mundo que constantemente intenta reducirnos a un perfil, una credencial, un número de empleado o un usuario de redes sociales.

Por eso, aquí tienes un desafío para esta semana: aprende nombres. Úsalos. No como una técnica para generar confianza o conseguir algo de alguien, sino como una manera sencilla de reconocer a la persona que tienes delante.

Saluda por su nombre al personal de limpieza. Agradece al asistente en voz alta y por su nombre delante de los demás. Pregúntale a la persona recién contratada de dónde es y, después, recuerda su respuesta.

No te cuesta nada, pero puede comunicar mucho más de lo que imaginas. Las personas saben distinguir entre ser administradas y ser conocidas. Cuando tratas a la persona con el salario más bajo del edificio como alguien que merece respeto y dignidad, estás demostrando qué clase de persona eres como líder y como compañero de trabajo.

La Biblia plantea una idea todavía más profunda: cada ser humano ha sido creado a imagen de Dios (Génesis 1:27). Si esa afirmación es cierta, entonces la manera en que tratamos a las personas en nuestro lugar de trabajo importa mucho más de lo que reflejan un organigrama, una descripción de puesto o un recibo de nómina.

No necesitas un cargo importante para marcar una diferencia en tu trabajo esta semana. Tal vez solo necesitas aprender un nombre. Y pronunciarlo.

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