Hoy, en Maná del Lunes, presentamos: La belleza de trabajar con alegría, una reflexión escrita por Rick Boxx.
Mi bisabuelo vivió hasta pasados los 95 años. Wade (ese era su nombre) se dedicaba principalmente a colocar techos y trabajaba como agricultor de medio tiempo. Le encantaba trabajar arduamente y disfrutar la vida. Recuerdo que, cuando el bisabuelo Boxx tenía 89 años, se inclinó hacia mí y, con una chispa en los ojos, me susurró: «No se lo digas a tus padres, pero ayer terminé de poner el techo de la iglesia de la esquina».
¿Puedes imaginar a muchas personas, a esa edad, emprendiendo un proyecto tan exigente? Por el contrario, muchas personas hablan con frecuencia de cuánto esperan el día en que puedan jubilarse, cuando finalmente dejen atrás la rutina diaria del trabajo. Pero no mi bisabuelo. Para él, el trabajo era una actividad llena de alegría; lo consideraba muy importante, incluso más allá de la edad habitual de jubilación.
En todo el mundo podemos contemplar ejemplos asombrosos de personas que se entregaron de lleno a su trabajo. Ahí están las majestuosas iglesias de Europa, la Gran Muralla China, el Taj Mahal en la India y los modernos rascacielos de Dubái. Estados Unidos cada año celebra el aniversario de su fundación, y numerosos edificios de la capital, Washington D. C., dan testimonio del arduo trabajo y la dedicación de muchas personas. Lo mismo ocurre en cada rincón de América Latina.
Se cuenta la historia de un cantero en París, Francia, hace siglos, que trabajaba en una pequeña sección de un muro. Alguien le preguntó: «¿Qué estás haciendo?». Con gran entusiasmo, el trabajador respondió sin dudar: «¡Estoy construyendo una catedral!». Su parte podía parecer pequeña, pero él sabía que era importante.
La mayoría de nosotros nunca tendremos la oportunidad de participar en la construcción de monumentos que perduren durante siglos. Sin embargo, todos podemos encontrar satisfacción —y alegría— en cualquier trabajo que desempeñemos.
Durante gran parte de su vida, el rey Salomón exploró toda clase de placeres, entretenimientos y proyectos ambiciosos que pudo imaginar. Finalmente concluyó que «todo era vanidad» Eclesiastés 1:14 (RVR1960), una expresión que repitió muchas veces en ese libro del Antiguo Testamento. Sin embargo, el rey tuvo una revelación que le mostró que existe propósito en medio de las actividades que, a primera vista, parecen inútiles.
Salomón escribió: «Entonces me di cuenta de que no hay nada mejor para la gente que ser feliz con su trabajo. Ese es nuestro destino, y nadie nos puede traer de regreso para ver qué pasa después de que hayamos muerto» Eclesiastés 3:22 (NTV).
También aconsejó a sus lectores: «Todo lo que te venga a la mano hacer, hazlo según tus fuerzas. En el sepulcro, que es adonde vas, no hay obras ni proyectos, ni conocimiento ni sabiduría» Eclesiastés 9:10 (RVC).
En la Biblia descubrimos que, desde el principio, Dios quiso que el trabajo produjera satisfacción, realización y gozo, en lugar de ser una carga. En el relato de la creación, encontramos que Su primer mandato a Adán y Eva fue: «Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra… He aquí que os he dado toda planta que da semilla… y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; os serán para comer» Génesis 1:28-30 (RVR1960).
Los teólogos llaman a esto el «mandato cultural»: Dios designó a los hombres y las mujeres que había creado para servir como administradores y trabajadores encargados de cultivar y cuidar todo lo que Él había hecho. Esa es la razón por la que personas como mi bisabuelo podían encontrar realización en «todo lo que viniere a su mano para hacer». ¿Tú tienes una actitud de alegría hacia tu trabajo?puede hacernos sentir mejor, pero el resultado final suele ser resentimiento, relaciones dañadas y problemas que permanecen sin resolver. La forma en que reaccionamos demuestra la diferencia entre la sabiduría y la necedad. «El necio muestra enseguida su enojo, pero el prudente pasa por alto la ofensa» (Proverbios 12:16, NVI). «El sabio teme al Señor y evita el mal, pero el necio es impetuoso y temerario» (Proverbios 14:16, NVI).
3. Una opción viable.
La excusa «No puedo evitarlo» cuando se tiene un arrebato de ira no es aceptable. Debemos controlar nuestras emociones —buenas o malas— en lugar de permitir que ellas nos controlen a nosotros. «Mis amados hermanos, tengan presente esto: Todos deben estar listos para escuchar, y ser lentos para hablar y para enojarse; pues la ira humana no produce la vida justa que Dios quiere» (Santiago 1:19-20, NVI).
4. Una posición peligrosa.
No resolver un desacuerdo y permitir que las emociones de enojo sigan acumulándose solo puede intensificar el conflicto. Es mejor trabajar hacia una solución, aliviar la tensión y dar por concluido el asunto, que permitir que la ira y la frustración sigan creciendo. «Si se enojan, no pequen. No permitan que el enojo les dure hasta la puesta del sol, ni den cabida al diablo… Abandonen toda amargura, ira y enojo, gritos y calumnias, y toda forma de malicia» (Efesios 4:26-27,31, NVI).