Hoy, en Maná del Lunes, presentamos: La ira no es tu amiga, una reflexión escrita por Robert J. Tamasy.
¿Has notado lo enojadas que parecen estar las personas en estos días? Manifestantes gritándose unos a otros en calles y aceras públicas. Comentaristas de noticias en televisión y radio alzando la voz para imponer sus puntos de vista, a menudo interrumpiendo de manera descortés a invitados que no están de acuerdo con ellos. Redes sociales que derraman antagonismo contra personas, individuos y grupos que ofrecen perspectivas y creencias diferentes. Intercambios acalorados entre compañeros de trabajo que interrumpen la jornada laboral.
¿Por qué tantas personas están enojadas? Hay muchas explicaciones posibles, algunas razonables y otras que no lo son. Pero la cuestión fundamental es esta: ¿Qué logran las expresiones de ira y los estallidos emocionales fuera de control? En la mayoría de los casos, no mucho. Por lo general, solo sirven para hacer que las personas se enojen aún más, porque las emociones negativas rara vez resuelven los problemas.
De hecho, a veces las personas ni siquiera saben por qué están enojadas. Un versículo del Nuevo Testamento ofrece una buena descripción: «La concurrencia estaba confusa: unos gritaban una cosa y otros otra; y la mayoría ni siquiera sabía por qué se había reunido» (Hechos 19:32, RVC).
Esto puede suceder en cualquier lugar, incluido el hogar y el lugar de trabajo. Ha ocurrido más de una vez que, después de una larga discusión, los participantes comienzan a preguntarse: «Ahora bien, ¿sobre qué es exactamente que estamos discutiendo?».
Sabiendo que este es un problema común, las Escrituras tienen mucho que decir acerca del poder destructivo y la influencia de la ira. Aquí hay varios ejemplos:
1. Una emoción en la que nadie gana.
Rara vez surge algo positivo de la expresión de emociones negativas. Nada se gana en una competencia para determinar quién puede gritar más fuerte o demostrar el mayor grado de furia y hostilidad. Es mejor contener las emociones problemáticas que lidiar después con las consecuencias. «Ya no te irrites ni te enojes; no te alteres, que eso empeora las cosas» (Salmo 37:8, NTV).
2. Una acción impulsiva.
Cuando las personas hacen algo que nos provoca enojo por dentro, una respuesta típica es desahogar esa ira y hacerles saber exactamente cómo nos sentimos. Esto puede hacernos sentir mejor, pero el resultado final suele ser resentimiento, relaciones dañadas y problemas que permanecen sin resolver. La forma en que reaccionamos demuestra la diferencia entre la sabiduría y la necedad. «El necio muestra enseguida su enojo, pero el prudente pasa por alto la ofensa» (Proverbios 12:16, NVI). «El sabio teme al Señor y evita el mal, pero el necio es impetuoso y temerario» (Proverbios 14:16, NVI).
3. Una opción viable.
La excusa «No puedo evitarlo» cuando se tiene un arrebato de ira no es aceptable. Debemos controlar nuestras emociones —buenas o malas— en lugar de permitir que ellas nos controlen a nosotros. «Mis amados hermanos, tengan presente esto: Todos deben estar listos para escuchar, y ser lentos para hablar y para enojarse; pues la ira humana no produce la vida justa que Dios quiere» (Santiago 1:19-20, NVI).
4. Una posición peligrosa.
No resolver un desacuerdo y permitir que las emociones de enojo sigan acumulándose solo puede intensificar el conflicto. Es mejor trabajar hacia una solución, aliviar la tensión y dar por concluido el asunto, que permitir que la ira y la frustración sigan creciendo. «Si se enojan, no pequen. No permitan que el enojo les dure hasta la puesta del sol, ni den cabida al diablo… Abandonen toda amargura, ira y enojo, gritos y calumnias, y toda forma de malicia» (Efesios 4:26-27,31, NVI).