Hoy, en Maná del Lunes, presentamos: EL ACCESO EQUIVALE A INFLUENCIA, una reflexión escrita por Chris C. Simpson.
Entra a la oficina un lunes por la mañana. El sonido de los teclados. El aviso constante de los correos electrónicos. La competencia que se esconde detrás de sonrisas amables y reportes trimestrales. Todo parece ordinario, neutral. Solo trabajo. Pero no lo es.
Cada lugar de trabajo es una especie de templo, lleno de sus propios rituales de adoración. El éxito es exaltado en las evaluaciones de desempeño. El estatus es coronado en ascensos y títulos. La seguridad se esconde detrás de salarios y planes de retiro. Estos son los dioses de nuestra época: pequeños, brillantes e implacables.
Y entonces Jesús entra.
Durante Su tiempo en la tierra, nunca evitó los centros de influencia. Fue directamente a ellos: las sinagogas, los atrios del templo, los lugares donde la cultura y la convicción chocaban. Allí enseñó. Allí sanó. Allí confrontó lo que estaba roto. Y cuando el mismo templo fue secuestrado por la codicia, volcó las mesas sin titubear: «Y entró Jesús en el templo de Dios, y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el templo…» Mateo 21:12-13 (RVR1960).
Jesús no trató la influencia como un peligro que debía evitar; la trató como una asignación de Su Padre.
El apóstol Pablo llevó esa misma santa valentía. Razonaba en las sinagogas, pero también en el mercado de Atenas, donde los negocios y las ideas se encontraban: «Así que discutía en la sinagoga con los judíos y piadosos, y en la plaza cada día con los que concurrían» Hechos 17:17 (RVR1960).
Más tarde, estuvo delante de gobernadores y reyes, contando la historia de Jesús sin disculparse. No perseguía una plataforma ni fama. Estaba administrando acceso. Su objetivo: «…llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo» 2 Corintios 10:5 (RVR1960).
Esto no es teoría. Es tu jornada laboral. Tu oficina. Tu salón de clases. Tu clínica. Tu tribunal. La sala de juntas de tu empresa o el escritorio de tu emprendimiento.
Si Dios ha abierto una puerta para ti hacia algún lugar de influencia cultural o profesional, no es por accidente. No fuiste colocado allí para subir más rápido la escalera. Fuiste colocado allí para llevar Su Reino más alto.
Jesús lo describió como la levadura en la masa: «…El reino de los cielos es semejante a la levadura…» Mateo 13:33 (RVR1960): silenciosa, escondida, pero imparable. La verdadera influencia no viene del volumen ni de la visibilidad; viene de la presencia.
Excelencia en tu trabajo que gana respeto. Integridad que te cuesta, pero también te distingue como auténtico. Valentía para señalar lo que está mal y vivir lo que está bien. Paciencia para permanecer fiel cuando el cambio parece dolorosamente lento.
Daniel hizo esto en Babilonia (Daniel 6). José hizo esto en Egipto (Génesis 41). Ambos vivieron dentro de sistemas extranjeros, y aun así llevaron la sabiduría de Dios a los niveles más altos de liderazgo. No gritaron para volverse relevantes, pero tampoco permanecieron en silencio cuando la verdad exigía una voz. Su fe moldeó imperios sin inclinarse ante ellos.
El mercado sigue vibrando con sus propios dioses del éxito, la comodidad y el control, pero el Espíritu de Jesús te envía directamente a ese ruido idólatra como Su embajador. Ese es el propósito de tu acceso. Llevas Su presencia a lugares donde, de otra manera, nunca escucharían Su nombre.
Así que, cuando abras tu computadora portátil o entres a esa reunión mañana, recuerda: estás pisando terreno sagrado.
Trabaja con convicción. Lidera con integridad. Rechaza los ídolos. Permite que tu fe destaque no porque sea ruidosa, sino porque está viva.
La influencia no se trata de estatus; se trata de mayordomía. La pregunta no es si tienes acceso; es qué harás con el acceso que tienes.
Porque dondequiera que Jesús te envíe, Él tiene la intención de que lo reflejes.