Hoy, en Maná del Lunes, presentamos: Dos apoyos para toda buena estrategia, una reflexión escrita por Stephen R. Graves.
Por lo general, escuchar voces en la cabeza no es una buena señal, pero he aprendido que hay dos «voces» que sí son confiables. Cuando se trata de planificación y estrategia, existen dos voces que debemos escuchar —y mantener en equilibrio—: la reflexión y la humildad.
Aquí, dos valiosos apoyos para ser buenos estrategas:
1. Reflexión.
La idea principal es esta: no seas impulsivo ni superficial al planificar y perseguir tu visión. En lugar de eso, actúa con reflexión y considera el panorama completo.
Vemos este principio en la vida de Jesucristo. Al inicio de Su ministerio, mientras enseñaba y preparaba a Sus discípulos, Jesús utilizó la expresión «calcular el costo»: «Porque ¿quién de ustedes que quiera levantar una torre, no se sienta primero a calcular los costos, para ver si tiene todo lo que necesita para terminarla? No sea que después de haber puesto los cimientos, se dé cuenta de que no puede terminarla, y todos los que lo sepan comiencen a burlarse de él» Lucas 14:28-29 (RVC).
Jesús, hablando a personas familiarizadas con la agricultura, utilizó el ejemplo de construir una torre, probablemente una ampliación de una estructura existente. Su enseñanza era clara: antes de dar un gran paso estratégico y comprometer recursos importantes, evalúa el costo, todos los costos, no solo los iniciales.
Esta es una idea con la que muchos directivos y ejecutivos suelen tener dificultades. El escritor David Brooks afirmó que «los seres humanos somos máquinas de exceso de confianza», citando un estudio en el que el 99 % de los profesionales de negocios sobreestimaron sus probabilidades de éxito.
Se ha dicho que muchos empresarios y profesionales son excelentes velocistas, pero pésimos corredores de maratón. Suena el disparo de salida y corren con entusiasmo para aprovechar una oportunidad: un nuevo mercado, una contratación aparentemente perfecta o una posible adquisición. Pero después descubren que el cambio estratégico era mucho más riesgoso de lo que imaginaron. Comienzan llenos de entusiasmo, pero se quedan sin fuerzas después de recorrer apenas unos metros.
Necesitamos hacernos preguntas como estas:
• ¿Qué recursos necesitaré para llevar este proyecto hasta el final?
• ¿Qué obstáculos podrían surgir?
• ¿Miraré atrás y concluiré que esta fue una decisión impulsiva?
• ¿Quién podría ver esta situación desde otra perspectiva y qué puedo aprender al escucharle?
Las decisiones de gran impacto requieren una reflexión igualmente profunda. Debemos invertir tiempo para tomar decisiones sabias. «Los planes bien pensados y el arduo trabajo llevan a la prosperidad, pero los atajos tomados a la carrera conducen a la pobreza» Proverbios 21:5 (NTV).
2. Humildad.
Existe un contrapeso a toda esta insistencia en la planificación cuidadosa: no seas presuntuoso ni arrogante respecto a tus propios planes. En lugar de eso, actúa con humildad y reverencia.
Así como Jesús exhortó a calcular el costo antes de tomar una decisión, también debemos recordar que, aun cuando nuestros planes estén bien elaborados, nunca están escritos en piedra.
Esto se aprecia claramente en la carta de Santiago, un libro profundamente práctico y realista. Hacia el final de la epístola encontramos el complemento perfecto de la enseñanza de Jesús:
«¡Vamos ahora! los que decís: Hoy y mañana iremos a tal ciudad, y estaremos allá un año, y traficaremos, y ganaremos; cuando no sabéis lo que será mañana. Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece. En lugar de lo cual deberíais decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello. Pero ahora os jactáis en vuestras soberbias. Toda jactancia semejante es mala» Santiago 4:13-16 (RVR1960).
Todo lo que hagamos debe estar bajo el principio de «si el Señor quiere». No como una frase hecha o una expresión de cortesía espiritual, sino como una convicción profunda.
La humildad sin reflexión produce líderes que toman decisiones dominadas por las emociones y que con frecuencia dejan las cosas inconclusas.